Año de nuestro señor 2018.
La humanidad está al borde de la extinción. Una pandemia mortal conocida como el Sanjavirus Malignitiatus se ha extendido de manera mundial.
Guerrillas, zombies y fuerzas atmosféricas adversas no consiguen, sin embargo, librar a dos amigas de sus obligaciones deportistas.
Mientras se dirigen hacia el edificio de fachada naranja sus semblantes reflejan el hastío de una vida exenta de motivaciones, carente de alentador futuro, drenada de vitalidad...
O quizá sea la vaguería congenita la que trasluce en sus caras.
Sea como fuere, su conversación versa sobre la tercera componente culturista del grupo. Lleva días sin aparecer y, aunque las dos amigas no quieran aceptarlo, les preocupa ligeramente su ausencia. Ligerísimamente.
De repente, la amiga del pelo rizado pega un salto al toparse visualmente con un bulto sospechoso a las puertas del gimnasio. La amiga del flequillo cobrizo deja caer el cigarrillo que portaba entre los labios intentando ahogar un grito. Ambas temen lo peor.
El entresijo de brazos, piernas, telas transpirables fluorescentes y pelo de colores, lucha por respirar. Los gemidos de dolor, los jadeos entrecortados, síntomas todos ellos de una agonía extrema.
Las dos amigas se dedican miradas interrogantes y, finalmente, presas del pánico se deciden a preguntar al unísono:
-¿Carla, qué te pasa?
El amasijo de extremidades se deslaza, una cabeza emerge de entre las piernas, una mano recoloca un flequillo despeinado y una deportista dolorida aclama;
- ¡Por fin habéis llegado!... Estaba estirando.
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